Una de las cosas que se deben planificar en el huerto es el sistema de riego determinando principalmente de dónde vamos a conseguir el agua y cómo la vamos a distribuir. El riego es un apartado muy importante a la hora de que el huerto funcione y nos determinará el qué vamos a cultivar y cómo lo vamos a hacer.

El primer paso es tener acceso al agua, esta puede provenir de:

  • Ríos y arroyos. Si limítrofe a nuestro huerto tenemos un río o arroyo del que podamos conseguir agua no tendremos problemas por falta de riego, sólo tendremos que tener cuidado de no excedernos. También habrá que asegurarse de que el agua no esté contaminada.
  • Pozos. Suelen ser aguas subterráneas con bastante cal. Para extraer el agua tendremos que contar con una bomba eléctrica o de gasoil.
  • Depósitos artificiales. Pueden ser construidos de obra o de plástico o algún material similar. Si se quiere instalar un riego por goteo se situarán en alto para que la altura proporcione presión y así se pueda distribuir el agua.
  • Grifo. Si tenemos un punto de toma de agua a la red lo único que tendremos que pensar es cómo distribuirla ya que en un principio el agua no será un factor limitante.
  • Precipitaciones. A la hora de elegir qué especies vamos a cultivar es muy importante que tengamos en cuenta la cantidad de precipitaciones y la humedad del entorno, eligiendo especies con unas necesidades hídricas que se adapten al mismo.

Una vez determinado el origen del agua que utilizaremos para el riego de nuestro huerto pasaremos a elegir el sistema de riego que vamos a utilizar teniendo en cuenta una serie de pautas en cuanto a la frecuencia y el momento idóneo para regar:

  • Frecuencia de riego. Lo ideal es que la frecuencia del riego sea regular, teniendo en cuenta siempre las necesidades hídricas de la especie que estamos cultivando y todos los factores intrínsecos a esta. Las plantas de hoja, como la lechuga y las espinacas, necesitan riegos más regulares, sin embargo, si la planta que estamos cultivando es de fruto, se limitará el riego en las primeras floraciones y se aumentará el riego cuando haya frutos. También es importante el destino de los productos que vamos a obtener en cuanto a la frecuencia de riego. Así, por ejemplo, los ajos y cebollas que queremos conservar por largo tiempo después de la recolección deben recibir muy poco riego en las últimas fases de desarrollo. También hay que tener en cuenta la profundidad de la tierra donde estamos cultivando, de forma que cuanto menos profunda sea la tierra, más frecuente tendrá que ser el riego.
  • Cantidad de riego. Los riegos pueden ser escasos, moderados o copiosos dependiendo de las necesidades hídricas de la especie que queremos cultivar. Por ejemplo los ajos, cebollas y plantas medicinales necesitan riegos escasos, la mayoría de las hortalizas necesitan riegos moderados y algunas plantas como las alcachofas, escarolas y coles necesitarán riegos abundantes, sobre todo en verano.
  • Horario de riego. En verano se regará preferentemente al atardecer y en otoño por la mañana.
  • Regar sin mojar la planta. Se debe tratar de no mojar la planta cuando se riega, ya que en verano se pueden quemar las hojas y en otoño o en invierno se puede propiciar el desarrollo de hongos.
  • Nunca ahogar las plantas. La falta de agua supone una merma en el desarrollo vegetal de forma que las plantas se tornan duras y tienden a espigarse. Al contrario, el exceso de agua puede crear problemas de podredumbre y hongos parásitos. Ninguno de los dos casos favorecerá al cultivo pero en todo caso es más nocivo que la planta permanezca encharcada a que sufra un periodo de sequía.
  • Prevención de la araña roja por el riego. Si se moja la tierra y las hojas cercanas a la tierra (siempre que no haya riesgo de ataque de hongos) se prevendrá así la presencia y ataque de la araña roja.
  • Ahorrar en riego. En lugares donde el agua es un factor limitante es importante realizar técnicas que minimicen la cantidad y frecuencia de los riegos. Esto se consigue realizando escardas y haciendo gradeos o binando el terreno para romper su capilaridad. Otro método que suele dar buenos resultados es el acolchado de la tierra o “mulching”, que se puede hacer con paja, restos de cosecha, hierbas adventicias, etc.

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